El sonido del nombre (quien puede nombrarte puede controlarte)

Antiguamente -acorde a los traductores de los sellos mayas y aztecas, como Antonio de Ciudad Real-, cada niño que nacía en la civilización maya, según el día, se le asignaba un sello solar o nombre correspondiente al calendario de 13 lunas. Este sello o nombre señalaba la potencialidad individual a desarrollar y cuál era la misión personal. Además, mostraba las energías cercanas o afines al individuo, y las energías más alejadas u opuestas del mismo. Todo ello por medio del oráculo que dibuja el mapa maya personal. De esta manera podríamos encontrar nombres como Águila galáctica azul, Caminante del cielo auto-existente rojo o Estrella magnética amarilla, por ejemplo. El nombre estaría sujeto a unas vibraciones que permitían al sujeto mostrarse desde lo que realmente era. Pocos compartirían su verdadero nombre, ya que eran conscientes de que quién tenía la capacidad de nombrarlos, podían dominar o dañar al nombrado. Sabían su nombre original, y vibraban en respuesta al mismo. Adquirir un nombre representaba adquirir una identidad, y tener presencia entre los dioses. Si alguien lo sabía, significaba que podrían nombrarte y con ello toda la gama de adoraciones o maldiciones con las que el sujeto podría ser adjetivado. Podías ser como un Dios. Para lo honroso, y para lo humillante. El sonido de tu nombre despertaría una serie de cualidades dormidas. Podrías ser un líder, o un archienemigo. La ocultación del nombre original, dio origen a los apodos –o alias-. Un nombre que no te señala, sino que hace referencia a ti. Podía ser transmutado en todo momento, acorde a las circunstancias que implicaba la vibración. Podrías tener mil nombres –apodos-, y parecería que eres mil personas, pero tú sabias el original. El que creaba todos los demás. Tú decidías como deseabas ser nombrado, no por elección, sino por conexión con la conciencia.

En la biblia hebrea, Yahvé le dijo a Saraí -mujer del patriarca Abraham- que se cambiara el nombre por Sara, ya que estaba destinada a ser madre de una estirpe. Poco tiempo después, Sara, a sus 90 años, concibió su primer hijo, el primero de los hijos de Abraham, Isaac. En el país nipón es de mala educación nombrar a alguien por su nombre, a no ser, que este haya adquirido el permiso –El apellido es el nombre público-. El nombre juega un papel crucial en nuestra experiencia, ya que bifurca nuestra realidad. A partir de la premisa “de que todo aquel que puede nombrarte, domina tu realidad”. Todo aquel que te proyecte un nombre, de determinada forma; ya sea nominal o adjetiva, ya sea un mote, una abreviatura, un insulto o un halago, tiene poder sobre tus miedos y pasiones referentes a la palabra utilizada. Si alguien dice que estas guapo, y le crees, más adelante cuando te diga que estás feo, lo creerás. Tiene poder sobre tu realidad estética nominal Aquel que te llama maestro, y lo aceptas, más adelante cuando te diga que eres un impostor, también lo aceptarás. Tiene poder sobre tu realidad ideológica. De la misma forma que permitiste que te llamaran a partir del diminutivo o coletilla de tu nombre original, serás respetado. Serás respetado a partir de lo que te respetas. Es muy importante ser consciente de la vibración que genera cada uno de esos nombres en el lugar dimensional que estos acontecen. Y en lo que te convierten a ti, cada uno de ellos. Cuando te llaman “mamá”, es porque estás en la vibración del parentesco, ya sea físico real o ejerciendo la actitudes que ese nominativo sugiere. Sea cual sea tu nombre original, esté podrá ser nombrado. Si no vibras con él, lo editaras o transformarás, o esperarás que alguien venga y te nombre de nuevo. Harás todo lo posible por reafirmarlo o cambiarlo. Porque cuando puedes ser nombrado no puedes ocultarte, debes ser tu o ser otro. Probablemente decidas ser otro, y termines fragmentándote en una multiplicidad de personalidades.

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