En la biblia hebrea, Yahvé le dijo a Saraí -mujer del patriarca Abraham- que se cambiara el nombre por Sara, ya que estaba destinada a ser madre de una estirpe. Poco tiempo después, Sara, a sus 90 años, concibió su primer hijo, el primero de los hijos de Abraham, Isaac. En el país nipón es de mala educación nombrar a alguien por su nombre, a no ser, que este haya adquirido el permiso –El apellido es el nombre público-. El nombre juega un papel crucial en nuestra experiencia, ya que bifurca nuestra realidad. A partir de la premisa “de que todo aquel que puede nombrarte, domina tu realidad”. Todo aquel que te proyecte un nombre, de determinada forma; ya sea nominal o adjetiva, ya sea un mote, una abreviatura, un insulto o un halago, tiene poder sobre tus miedos y pasiones referentes a la palabra utilizada. Si alguien dice que estas guapo, y le crees, más adelante cuando te diga que estás feo, lo creerás. Tiene poder sobre tu realidad estética nominal Aquel que te llama maestro, y lo aceptas, más adelante cuando te diga que eres un impostor, también lo aceptarás. Tiene poder sobre tu realidad ideológica. De la misma forma que permitiste que te llamaran a partir del diminutivo o coletilla de tu nombre original, serás respetado. Serás respetado a partir de lo que te respetas. Es muy importante ser consciente de la vibración que genera cada uno de esos nombres en el lugar dimensional que estos acontecen. Y en lo que te convierten a ti, cada uno de ellos. Cuando te llaman “mamá”, es porque estás en la vibración del parentesco, ya sea físico real o ejerciendo la actitudes que ese nominativo sugiere. Sea cual sea tu nombre original, esté podrá ser nombrado. Si no vibras con él, lo editaras o transformarás, o esperarás que alguien venga y te nombre de nuevo. Harás todo lo posible por reafirmarlo o cambiarlo. Porque cuando puedes ser nombrado no puedes ocultarte, debes ser tu o ser otro. Probablemente decidas ser otro, y termines fragmentándote en una multiplicidad de personalidades.