El cielo y la tierra nunca estuvieron separados.

A pesar de que la religión se presenta como dogmática -es decir, como poseedora de una verdad establecida-, ha demostrado a lo largo de la historia que, en realidad, se basa en la búsqueda de la verdad a través de las leyes espirituales -del cielo-. La ciencia convencional, por su parte, busca la verdad a través de las leyes físicas -de la tierra-. Y, aun presentándose como una institución no dogmática, solo acepta evidencias como pruebas de la verdad -como si eso no fuera dogmático-. Es decir, que si se inicia el camino de la verdad científica, se evita el de la verdad religiosa. Hasta el religioso más simple sabe que la ciencia forma parte de la religión. Solo los científicos modernos -los ateístas, presas de su arrogancia- han rechazado la verdad religiosa. Y a todos les ha ocurrido lo mismo que al filósofo alemán Nietzsche: “mataron” a Dios y terminaron en un manicomio. Puedes ignorar la búsqueda externa, pero no puedes abolir el entendimiento interno, si no quieres acabar como nuestro buen amigo el “superhombre” y descubrir las múltiples sorpresas que depara el mundo de la represión.

Creemos que religión y ciencia son dos realidades separadas. La realidad es que la religión es una ciencia. Todo es ciencia y religión, desde la primera pregunta universal: ¿por qué puedo pensar?, ¿por qué puedo sentir? Hemos dividido los principios primordiales y los hemos programado bajo distintas realidades sobre la verdad. Así, el arqueólogo no tiene por qué saber de religión, y el historiador no tiene por qué saber de espiritualidad. Por ello, nadie alcanza nunca la verdad. Porque para conocerla, uno debe ser un científico espiritual: alguien que entiende de historia, religión, astronomía, biología, psicología, arte, etcétera. Un buscador de la verdad.

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La identidad que heredaste sin darte cuenta