Consumiendo la felicidad (La trampa de la plenitud)

No sería hasta las décadas de los ’60 y ‘70 cuando el movimiento New Age explotó en Estados Unidos y Europa. Cuando en medio de la depresión democrática del consumismo aparece la felicidad como el único deseo que no puede ser comprado. ¿Pero qué es la felicidad? Hablar de la felicidad es iniciar una campaña propagandística. Porque la felicidad solo es eso, la herramienta que las instituciones y corporaciones han empleado para incidir en el estado de ánimo de las personas. La felicidad es el estado del ser en conexión con lo que es. Los leones son felices cuando pueden ser leones, no hay más que ver a un león en un Zoo para darse sencillamente cuenta de que no es feliz. Porque no puede ser, porque no puede vivir. Los niños son felices, porque están en conexión con lo que son, ellos dejan de ser felices en el momento que esa conexión falla.

¿Eres feliz? ¿Qué es lo que te prohíbe no serlo? ¿Qué es lo que te lleva a serlo? Todos dejamos una vez de ser felices, porque quisimos ser adultos. Queríamos lo que ellos tenían, la aparente felicidad que otorga la libertad de la adultez, en una sociedad que solo es para los adultos. Sin saber, que nunca más íbamos a ser tan felices como éramos en esos momentos, renunciamos a nuestra niñez, hasta tal grado de haber olvidado el 80% de lo que allí sucedió. ¡Hemos olvidado los momentos más felices de nuestras vidas! Porque lo que los adultos te enseñan a medida que te vas haciendo mayor, es que lo único que importa recordar son los más infelices. Ellos no recuerdan del pájaro que cantó para ellos mientras esperaban el autobús, o de la persona que les sonrío. Ellos solo te hablaran de que el autobús llegó tarde y que alguien se intentó colar. El ser feliz ha estado ligado al sentirse pleno, lleno. Por eso nos hemos comprado tantas cosas, por eso seguimos invirtiendo nuestro tiempo en dinero, para poder seguir comprando. Para poder sentirnos “llenos”, en plenitud. Porque la abundancia está ligada a la plenitud, contra más abarque más tendré, por lo cual más feliz seré. Sin darnos cuenta qué lo único que hemos ido coleccionando han sido recuerdos infelices, con pequeños destellos de una posible felicidad, al ir adquiriendo las necesidades materiales que creíamos precisar.

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La honestidad no se dice, se es (la fractura entre ser y decir)