¿Eres feliz? ¿Qué es lo que te prohíbe no serlo? ¿Qué es lo que te lleva a serlo? Todos dejamos una vez de ser felices, porque quisimos ser adultos. Queríamos lo que ellos tenían, la aparente felicidad que otorga la libertad de la adultez, en una sociedad que solo es para los adultos. Sin saber, que nunca más íbamos a ser tan felices como éramos en esos momentos, renunciamos a nuestra niñez, hasta tal grado de haber olvidado el 80% de lo que allí sucedió. ¡Hemos olvidado los momentos más felices de nuestras vidas! Porque lo que los adultos te enseñan a medida que te vas haciendo mayor, es que lo único que importa recordar son los más infelices. Ellos no recuerdan del pájaro que cantó para ellos mientras esperaban el autobús, o de la persona que les sonrío. Ellos solo te hablaran de que el autobús llegó tarde y que alguien se intentó colar. El ser feliz ha estado ligado al sentirse pleno, lleno. Por eso nos hemos comprado tantas cosas, por eso seguimos invirtiendo nuestro tiempo en dinero, para poder seguir comprando. Para poder sentirnos “llenos”, en plenitud. Porque la abundancia está ligada a la plenitud, contra más abarque más tendré, por lo cual más feliz seré. Sin darnos cuenta qué lo único que hemos ido coleccionando han sido recuerdos infelices, con pequeños destellos de una posible felicidad, al ir adquiriendo las necesidades materiales que creíamos precisar.