El zodiaco: El compás del tiempo y el espacio (Y el pulso de la creación.

Nuestros ancestros eran muy conscientes de las estrellas -luminarias-; esto les permitió orientarse y comprender realmente la realidad que estaban experimentando. De este modo, etiquetaron los puntos celestes que hoy conocemos como constelaciones. Se diseñó la cruz del zodiaco, utilizada por todas las civilizaciones avanzadas. Esta cruz zodiacal representa el recorrido del Sol a través de las doce constelaciones mayores a lo largo de un año. También muestra los doce meses del año, las cuatro estaciones, así como los solsticios y equinoccios. La palabra “zodíaco” deriva del griego “zoidiakós” y signica “el camino de los animales”. Esto se debe a que las constelaciones fueron personificadas como figuras de animales.

Se sabe que el punto vernal -es decir, el punto del cielo en el que se encuentra el Sol cuando corta en su carrera al ecuador celeste: en el equinoccio de primavera y otoño-, varía cada año en unos cincuenta segundos de arco. Así, su desplazamiento en el cielo es aproximadamente de un grado de arco de cada setenta y dos años. Este fenómeno es conocido como “precisión de los equinoccios”. Por lo tanto, al desplazarse este punto vernal con relación a la tierra, en las constelaciones del zodiaco, se puede medir el tiempo mediante dicho desplazamiento. No puede conocerse la posición de este punto a simple vista, y durante mucho tiempo se creyó que los antiguos no habían tenido noción de semejante fenómeno, supuestamente descubierto en el siglo XIX de nuestra era. Pero luego se cayó en la cuenta de que lo conocían perfectamente, tanto griegos como egipcios lo habían calculado con gran precisión. Este punto vernal da la vuelta al zodiaco, -según el modelo heliocéntico, cuando la Tierra regresa a su punto de referencia con respecto al Sol-, en una cifra aproximada a los 26000 años de la tierra. Sabemos que nuestros ancestros dividieron el cielo por medio de las doce constelaciones reconocidas como iguales, con treinta grados cada una. El punto vernal recorre cada una de las constelaciones en una cifra aproximada a los 2166,6 años de la tierra. De esta manera nuestros ancestros crearon mitos elaborados que reflejaban sus movimientos y las relaciones entre estos movimientos. El Sol, con sus atributos dadores de vida, fue considerado el Dios Sol: la luz del mundo, el representante del creador original.

En todo este proceso hay un segundo elemento, que en realidad es el primordial: el proceso de la Tierra en sí misma y su capacidades como gestora de vida, marcando el propio pulso de la batalla entre la luz y la oscuridad. Nuestros ancestros sabían que existía una etapa en que la Tierra se dormía: cuando las hojas cambian de un color resplandeciente a otro más apagado, hasta finalmente caer. Cuando la luz va disminuyendo y debilitándose, siendo la oscuridad la que aparenta vencer a la luz -entre otoño e invierno-. En el periodo que va desde el invierno a la primavera, la luz, sin terminar de perder contra la oscuridad, empieza a recobrar sus energías, se despierta: cuando unas nuevas hojas comienzan a asomar en los árboles, y la luz se alza igualando a la noche –primavera-. Aun así, la Tierra no recobrará toda su vitalidad y energía hasta que la luz del día comience a imponerse sobre la noche, iniciando su recorrido de plenitud -primavera y verano-. Finalmente, y en período estival –verano y otoño-, la tierra daría sus frutos, siendo este un periodo destinado exclusivamente al disfrute, hasta que la Tierra se volviera a dormir. La Tierra fue conocida entonces como la Matriz Divina, la Madre de todos los seres vivos. Personificada en diosas -luminarias- de la naturaleza: las aguas, las piedras, los bosques, las tierras, los mares, los ríos, la Luna, etc.

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El ciclo solar: muerte y renacimiento en los mitos antiguos