En todo este proceso hay un segundo elemento, que en realidad es el primordial: el proceso de la Tierra en sí misma y su capacidades como gestora de vida, marcando el propio pulso de la batalla entre la luz y la oscuridad. Nuestros ancestros sabían que existía una etapa en que la Tierra se dormía: cuando las hojas cambian de un color resplandeciente a otro más apagado, hasta finalmente caer. Cuando la luz va disminuyendo y debilitándose, siendo la oscuridad la que aparenta vencer a la luz -entre otoño e invierno-. En el periodo que va desde el invierno a la primavera, la luz, sin terminar de perder contra la oscuridad, empieza a recobrar sus energías, se despierta: cuando unas nuevas hojas comienzan a asomar en los árboles, y la luz se alza igualando a la noche –primavera-. Aun así, la Tierra no recobrará toda su vitalidad y energía hasta que la luz del día comience a imponerse sobre la noche, iniciando su recorrido de plenitud -primavera y verano-. Finalmente, y en período estival –verano y otoño-, la tierra daría sus frutos, siendo este un periodo destinado exclusivamente al disfrute, hasta que la Tierra se volviera a dormir. La Tierra fue conocida entonces como la Matriz Divina, la Madre de todos los seres vivos. Personificada en diosas -luminarias- de la naturaleza: las aguas, las piedras, los bosques, las tierras, los mares, los ríos, la Luna, etc.