Nada existe hasta que es nombrado (y como la palabra crea realidades)

Desde que tenemos conocimiento de su existencia, los colegios y escuelas han sido laboratorios institucionales de los soberanos reinantes. A través de ellos, sacerdotes y reyes educaban a sus clases nobles desde una edad temprana; de esta manera, se aseguraban de controlar la realidad imperante. La palabra. El hecho de poder hablar es el origen de todas estas escuelas, ya que todas están fundamentadas en la palabra. La enseñanza, la educación o el adoctrinamiento se transmiten mediante el utensilio más poderoso con el que el ser humano se ha impuesto en esta realidad: el habla. Y tiene sentido, pues cuando hablamos, creamos imágenes para nosotros y también para quienes las escuchan. La palabra crea realidades. Por ejemplo, en la Biblia se dice: “Y Dios dijo: hágase la luz. Y la luz se hizo”. La palabra es anterior a la luz, pues Dios dijo que la luz fuera creada. Un sonido, una palabra. Precursora de toda creación.

Según cuenta un mito egipcio, al principio no había luz. Solo existía la oscuridad y una gran extensión de agua llamada Nun. El poder de esta divinidad acuática era tan grande que, desde el interior de la penumbra, hizo brotar un huevo grande y brillante. Y del interior de ese huevo surgió Ra, el Creador invisible. Ra tenía la habilidad de hacer lo que quisiera, incluso cambiar de forma; la forma que más adoptaba era la de un pájaro. Otra de sus habilidades era que aquello que nombraba adquiría forma y se volvía real. Era tan importante el poder del Nombre que guardaba cuidadosamente el secreto de su propio nombre, para que nadie pudiera utilizarlo. De esta manera, se dispuso a crear el Sol diciendo: “Al amanecer me llamo Khepri, al mediodía Ra y al atardecer Atón o Atum”. Entonces, el Sol apareció por primera vez, iluminando la oscuridad; se elevó sobre el horizonte y, al atardecer, descendió para ocultarse. Luego nombró a Shu, y los vientos se congregaron por primera vez, comenzando a soplar. Cuando Ra nombró a Tefnut, la lluvia se hizo presente con sus gotas. Más tarde nombró a Geb y, con solo pronunciar su nombre, se formó la tierra firme. Para hacerle compañía, nombró a la diosa Nut, y el firmamento —la bóveda celeste— se arqueó sobre el plano de la tierra. A continuación, Atum, en un despliegue de su poder, creó una superficie sobre las profundidades y, dentro de ella, un montículo de tierra —una montaña—. El centro de ese montículo era Egipto, y el Nilo manaba directamente de las aguas primigenias. Entonces nombró a Hapi, y el río comenzó a fluir a través de Egipto, fertilizando su amplio valle. Ra comenzó a nombrar, una por una, todas las cosas que existen sobre la tierra, y estas se hicieron visibles y crecieron. Finalmente, dio nombre a los hombres y a las mujeres, y desde entonces la humanidad pobló la tierra.

En otro mito egipcio —desde el periodo dinástico primitivo en el 3100 a.C. hasta el periodo ptolemaico, precursor de su caída hacia el 300 a.C.—, se formularon decenas, incluso cientos, de mitos, como el de la creación de Ptah, dios solar egipcio. En este relato se explica cómo el dios Ptah adquirió vida en el monte de Atum: Ptah concibió ideas en el corazón, las consideró con su razonamiento y luego las enunció verbalmente. A medida que las palabras abandonaban sus labios, se convertían en entidades físicas. La primera frase del Evangelio según san Juan dice así: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

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El mito de Isis y Ra explicado (el poder del nombre secreto)