Según cuenta un mito egipcio, al principio no había luz. Solo existía la oscuridad y una gran extensión de agua llamada Nun. El poder de esta divinidad acuática era tan grande que, desde el interior de la penumbra, hizo brotar un huevo grande y brillante. Y del interior de ese huevo surgió Ra, el Creador invisible. Ra tenía la habilidad de hacer lo que quisiera, incluso cambiar de forma; la forma que más adoptaba era la de un pájaro. Otra de sus habilidades era que aquello que nombraba adquiría forma y se volvía real. Era tan importante el poder del Nombre que guardaba cuidadosamente el secreto de su propio nombre, para que nadie pudiera utilizarlo. De esta manera, se dispuso a crear el Sol diciendo: “Al amanecer me llamo Khepri, al mediodía Ra y al atardecer Atón o Atum”. Entonces, el Sol apareció por primera vez, iluminando la oscuridad; se elevó sobre el horizonte y, al atardecer, descendió para ocultarse. Luego nombró a Shu, y los vientos se congregaron por primera vez, comenzando a soplar. Cuando Ra nombró a Tefnut, la lluvia se hizo presente con sus gotas. Más tarde nombró a Geb y, con solo pronunciar su nombre, se formó la tierra firme. Para hacerle compañía, nombró a la diosa Nut, y el firmamento —la bóveda celeste— se arqueó sobre el plano de la tierra. A continuación, Atum, en un despliegue de su poder, creó una superficie sobre las profundidades y, dentro de ella, un montículo de tierra —una montaña—. El centro de ese montículo era Egipto, y el Nilo manaba directamente de las aguas primigenias. Entonces nombró a Hapi, y el río comenzó a fluir a través de Egipto, fertilizando su amplio valle. Ra comenzó a nombrar, una por una, todas las cosas que existen sobre la tierra, y estas se hicieron visibles y crecieron. Finalmente, dio nombre a los hombres y a las mujeres, y desde entonces la humanidad pobló la tierra.