No debe olvidarse que el poder de Ra residía en su nombre secreto. Si alguien lo descubría, él dejaría de reinar. Ra lo sabía, y por eso lo mantenía oculto en su corazón. Solo mediante poderes mágicos podía llegarse a conocer. Un tiempo más tarde, Isis —la más sabia entre los hijos de los dioses— conocía todos los secretos del cielo y la tierra. Pero lo que no conocía era el nombre secreto de Ra, así que se propuso descubrirlo. Ra era ya un hombre muy anciano, babeaba y caminaba con dificultad. Entonces Isis comenzó a perseguirlo a escondidas, recolectando las gotas de saliva que Ra iba derramando por el camino. Una vez que hubo recolectado suficiente saliva, Isis modeló con tierra una serpiente y la dejó en el sendero por el que Ra solía pasear. La serpiente mordió al dios y huyó del lugar. El veneno corrió rápidamente por el cuerpo de Ra, provocándole un dolor hasta entonces desconocido. Gritó con fuerza y todos los dioses acudieron en su ayuda. Ninguno de ellos encontraba explicación a lo sucedido, y se lamentaban por ello. Isis, astuta, se acercó a Ra y le preguntó:
ISIS: ¿Qué te sucede, padre todopoderoso? ¿Acaso te ha mordido una de las serpientes que has creado? RA: Me ha mordido una serpiente que yo no he creado. No puedo dejar de temblar. Siento que un fuego abrasador me quema por dentro y me devora. ISIS: (acercándose dulcemente) Si me dices tu nombre secreto, podré hacer uso de mis poderes mágicos y podré sanarte. RA: Yo soy el que hizo el cielo y la tierra, el que creó las aguas, los vientos, la luz, la oscuridad. Soy el creador del gran río Nilo. Yo soy Khepri por la mañana, Ra al mediodía y Atum al atardecer. ISIS: Tú sabes bien, padre todopoderoso, que esos nombres son conocidos por todos. Lo que yo necesito para curarte es tu nombre secreto. RA (le toma la mano y le susurra al oído): Antes de que mi nombre pase de mi corazón al tuyo, júrame que no se lo dirás a nadie salvo al hijo que tendrás y al que llamarás Horus, y deberá jurar que el nombre permanecerá en él por siempre. RA: No se lo debes comunicar ni a otros dioses ni a los hombres.