El conflicto entre el cerebro y el corazón (y por qué te desconecta de ti)

Hemos estado ligados a la creencia en el poder supremo de los pensamientos sobre los sentimientos, al menos desde que René Descartes pronunció esa dichosa frase: «Pienso, luego existo». La realidad actual ha sido construida a partir de ese fundamentalismo, entregando el poder de crear nuestra realidad a pensadores y teóricos como Karl Marx, Nietzsche, Newton o Freud, y a toda esa gama de personalidades que moldearon nuestro mundo a través de ideas racionales y mecanicistas -lógica y predicción-.

Los pensamientos representarían esa fuente racional de ideas prácticas -que se pueden medir, ver y tocar-, que surgen a partir del pensamiento generado por el cerebro humano, el órgano más avanzado de toda la fauna. Durante la Edad Moderna se descubrió que no solo el cerebro era fuente de neuronas; también en el corazón se podía encontrar una fuente similar, e incluso en el estómago se había detectado una fuente de neuronas dependientes. Por lo tanto, tanto el cerebro como el corazón y el estómago son mente: piensan de forma interdependiente, generando ideas racionales o sentimentales. El corazón sería el emisor de sentimientos -late-; esa sería una de las razones por las que nos ponemos la mano en el corazón cuando queremos expresar algo profundo -en ciertas culturas se toca el corazón como forma de agradecimiento-. Mientras tanto, el estómago sería el lugar donde se alojan, se gestan y viven los sentimientos que nuestro corazón experimenta -ritmo cardíaco-. Los sentimientos generan pensamientos racionales para nutrir las necesidades fisiológicas. Hay que sentir el hambre para poder pensar cómo acabar con ella.

Nuestro sistema educativo, instructor de la razón, ha centrado todos sus esfuerzos en crear cerebritos y vilipendiar todo aquello que no se relaciona con la corriente del racionalismo. El sentir ha sido relacionado con el caos. Porque cuando sientes, no piensas; no puedes controlarte -como si estuvieras poseído-, ni pueden controlarte ni predecir tus movimientos. Han programado en nuestro sistema -templo- una serie de ideologías racionalistas centradas principalmente en dos corrientes institucionales conocidas como religión y ciencia, y han abandonado a nuestro corazón y a nuestro estómago a la realidad de la fragilidad y lo improductivo -no son fuente de ideas racionales, prácticas y predecibles-. Esa adoración hacia el cerebro, el que todo lo juzga -nombra, crea etiqueta-, ha generado histeria y trastornos de sentimientos en los corazones y estómagos de la humanidad, en sus mentes irracionales. Es decir, por ejemplo, cuando sonríes quiere decir que deberías estar contento, y cuando lloras, que deberías estar triste. Nadie entenderá lo que significa un corazón dañado o un estómago oprimido, porque el cerebro no puede tocar, ver ni medir los sentimientos y emociones que surgen de ellos; permanecen ocultos en una mente no racional. Dirás que el dolor ya pasará o que quizá tienes un problema de digestión. No elevarás el sentimiento ni lo expondrás, sino que lo racionalizarás, y ese dolor y esa opresión se irán transformando, apareciendo nuevamente en forma de trastorno mental. La histeria se convertirá en sociopatía; es decir, en aprender a vivir con el dolor y la opresión de la mejor manera racional posible. Porque esos sentimientos y emociones no pueden traerse a la luz, a lo racional; no pueden disolverse de esa manera. Es un proceso interno intangible, hecho de imágenes y sonidos. Quizá tengas el corazón roto y revuelto porque no encuentras un trabajo con el cual puedas ganar dinero para alimentar a tu familia, o quizá sea así porque no tienes amigos, pareja, familia u hogar, o lo tienes todo pero no vibras con ello. A nadie le importa: esos sentimientos no son productivos para la razón; te detienen en vez de impulsarte.

La palabra sentir proviene del latín sentire y se define como:

1. tr. Experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas.

2. tr. Oír o percibir con el sentido del oído.

La propia palabra genera confusión entre nuestros estudiosos gramaticales, al no tener claro si se trata de un verbo de percepción o de emoción. Por ello, intentan por todos los medios otorgarle un entendimiento racional, un lugar en su diccionario de realidades establecidas a través del lenguaje verbal. El sentir es impredecible porque no nace en el cerebro, no ha sido creado por él. Ha sido nombrado, pero es volátil, mutable, con diversidad de significantes y sin identidad adquirida. Podrías decir mil palabras, pero si no las sintieras, solo estarías recitando y repitiendo. El sentir es el halo o la chispa de la que han hablado todas las tradiciones a lo largo de la historia. Es cuando sentimos; que realmente estamos vivos, lo que confirma nuestra existencia: nuestro corazón late. Sentimos las cosas, por ello podemos pensarlas. Si no sintiéramos el Sol, su calor tocándonos la piel y nublándonos la vista, jamás pensaríamos en él. Si no sintiéramos el dolor, no pensaríamos en cómo curar la herida. Si no sintiéramos que pensamos, seríamos robots. Viviríamos en un mundo sin color, sin música y sin luz. Si no sintiéramos, no podríamos reflexionar, oír, oler, escuchar, hablar y/o tocar. Sabemos que tocamos porque sentimos el contacto. Cuando consideras al corazón, generas sentimientos. Cuando no lo has considerado, los aprendes. En una sociedad regida por el cerebro, que no ha considerado al corazón, los sentimientos han sido programados. Así, nuestras respuestas a todas las preguntas serán buscadas a través del pensar con el cerebro y, a su vez, solo formularemos preguntas que se adapten a nuestro entendimiento racional. Una pregunta racional jamás se conformará con una respuesta que no sea racional. Buscará esa respuesta por medio del idioma programado y sus diccionarios, entre tan solo todas esas palabras. Así pues, cuando sientas que piensas, creerás que piensas que sientes, en lugar de volver a pensar sobre lo sentido. ¡Qué piensas!

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