La palabra soledad proviene del latín, solitas, y quiere decir: la cualidad de estar sin nadie más. Significa aprender a estar con uno mismo. La soledad es parte innata de la vida, y es que el nacimiento habla de la soledad del nacido. De la vivencia emocional, mental y física exclusiva e independiente que ese ser va a experimentar a lo largo de toda su vida. Y no sabemos más, porque nadie estaba allí para recordarnos como vivimos dentro del vientre materno y de cómo fue realmente nuestro nacimiento. El único que podría hacerlo soy yo, pero lo he olvidado. La experiencia es individual, en un mundo heredado. Todo lo que vives es exclusivo para ti. Tú eres el único que escucha tus pensamientos, y sabe tus sentimientos. Tú eres el único que siente tu cuerpo, tus dolores o fortalezas. Tú eres el único que recuerda tu historia, tus grandes éxitos, tus mayores fracasos. Aquella humillación, o alegría. Ese dolor o esa revelación. Tú eres el único que vive tu vida, lo demás es ilusorio y momentáneo en el tiempo, sostenido por creencias. En verdad te digo que cuando te aíslas es cuando has dejado de vivir tu vida, cuando lo ilusorio se hace real y el tiempo parece eterno. Cuando las creencias te alejan de la naturaleza individual de tu nacimiento. Pero que tu vida individual sea la soledad, no quiere decir estar solo, y esa es la gran mentira, porque la soledad es el resultado de un proceso colectivo heredado. Es la intervención colectiva lo que permite al individuo la experiencia íntima, la de la soledad. Así es pues que el estar solo no es un estilo de vida, más bien una naturaleza biológica, convertida en estilo, por el miedo que otorga la aventura de la soledad. Porque cuando te realizas desde la soledad, descubres el mundo colectivo que la engloba. Dejas de seguir a las instituciones y su juego programado. Te aíslas de lo establecido, porque estas conectado a la soledad que otorga el vivir en un mundo colectivo-conectado.