Cuando estás conectado, buscas la plenitud de sentirte parte del todo, adquieres el concepto del tiempo y su verdad, lo lineal y multidimensional. Valoras el tiempo en la suma de lo que es, no para hacer dinero para tener, sino que buscas generar dinero para ser. Porque da igual la suma de posesiones que hayamos adquirido… ¡Todas ellas cogen polvo! ¡Pero el apego es tan poderoso! Son como brazos invisibles que nos sujetan, que nos inmovilizan y no nos permite movernos en libertad. Porque sin esa casa, sin ese trabajo, sin esa familia. ¿Dónde voy a vivir? ¿Cómo voy a sobrevivir? ¿Quién me va a amar o ayudar? Estoy perdido sin eso. Sin eso soy nada. La verdad es que todo nace de un concepto educacional. Que al ser adoctrinado pasa a ser creído. Y al ser creído lo hace real. Y así creencia tras creencia hemos creado un laberinto a partir de la salida. ¡La tierra es tu hogar! No necesitas ninguna casa, y es importante que encuentres el pensamiento original que te hace creer que la necesitas. ¡La tierra no necesita más cárceles de cuatro paredes! Tiene los recursos necesarios para que podamos vivir, sentir nuestro verdadero hogar. A cambio de que ella te está dando un hogar, constrúyele un templo, que eres tú. Reedúcate a través de tu verdadera madre y de la intervención invisible de tu verdadero padre. Fuerzas visibles e invisibles que actúan por medio de la expresión creadora. Encuentra los otros templos y aprende sus historias. La verdadera historia del ser humano. Pero sobre todo no te olvides del tiempo, no como la presencia cruel de tu existencia, sino como la experiencia que supone cruzar el puente, el de la vida física. El apego es una consecuencia provocada a partir de la desconexión y el olvido. El olvido de que dispones de un tiempo “de juego” y que estás profundamente conectado a él. Te has creído que eres lo que posees y lo has terminado por crear. Te has comprado ese coche, y has pensado que con él ibas a ser más. Y cuando ha llegado el momento de pagarlo es cuando te has dado cuenta en el laberinto que te has metido, el de la deuda. Entregas lo único que dispones, tú tiempo, a las grandes empresas a cambio de un placentero ilusorio ideal de que eres algo, porque cumples sus requisitos sociales que te permiten “convertirte” en alguien, porque sin lugar a dudas, tú eres nadie.