Fue en el siglo XIX cuando la Navidad se afianzó en la visión tradicional moderna que se tienen de las fiestas. La costumbre del intercambio de regalos o amigo invisible, el personaje de santa Claus, regalar postales de navidad o cantar villancicos, fue la tendencia del siglo. Costumbres que fueron bien aprovechadas por la mercadotecnia para expandir la navidad por todo el mundo, ofreciendo un carácter distinto al religioso, y francamente que poco tiene, o nada, que ver con la tradicional fiesta cristiana navideña –o pagana-. En el nuevo milenio, la navidad es celebrada por personas en todo el mundo, religiosos, y también por gente no creyente en el origen tradicional, si no por el festejo de convivencia social y familiar. Debido a eso, nacieron nuevas tradiciones, como La cena de noche buena, que consiste en un gran banquete familiar que abarca desde la víspera del día de navidad hasta pasada la medianoche. Una muestra de la época navideña sería el adorno de las casas, balcones, las calles con sus luces luminosas o el árbol navideño decorado con la estrella. La navidad había dejado de ser una tradición religiosa, para transformarse en un producto del mercado libre. Gastrónomos, empresarios, músicos, cineastas, y personas de todo el mundo se preparan para lanzar al mercado sus mejores obras –propaganda-, los familiares y amigos se gastan todo su dinero para hacer los regalos más apropiados, mientras que los centros comerciales usan las mejores técnicas de marketing para motivar a sus compradores a realizar tales regalos, y de esta manera, satisfacer las necesidades en el mundo. Agencias empresariales anuncian publicidad relacionada con el espíritu navideño, a la vez que te ofrecen el mejor electrodoméstico o inmueble. Santa Claus, por ejemplo, sería comprado y reeditado por la empresa Coca-Cola para satisfacer los deseos de nuestros niños. Ese era el espíritu navideño.