El origen del monoteísmo solar (Cuando la luz desafió al sistema)

Las escuelas fueron diseñadas desde tiempos antiguos en función de las necesidades del contexto. Este estaba determinado principalmente por la ideología política y las creencias religiosas. Mesopotámicos y egipcios fueron gobernados por emperadores y faraones absolutistas, descendientes de unos dioses que habitaron la tierra en un tiempo aún más remoto. Así se desarrollaron las primeras escuelas conocidas. Estas eran academias para el sacerdocio, donde se enseñaban matemáticas y astronomía. Los sacerdotes eran creadores de mitos y, a su vez, diseñadores de los monumentos de su época. Otras academias estaban orientadas al ámbito artesanal, donde se aprendían oficios agrícolas y artes militares. Eso sí, todo este tipo de educación estaba reservado para las clases nobles, las familias de élite de cada civilización. Aquellas que algún día ocuparían un lugar entre los más importantes. La pirámide jerárquica social se instauró desde lo que hoy entendemos como los inicios de la historia. También chinos, indios, griegos y romanos adoptaron sistemas educativos similares, siempre fundamentados en las necesidades del contexto e impuestos por el líder correspondiente.

Un claro ejemplo del funcionamiento del sistema educativo puede encontrarse ya en el antiguo Egipto, con el faraón Akenatón, décimo monarca de la dinastía XVIII, conocido como “el hereje”. Su nombre original fue Amenhotep IV, que significa “Amón está satisfecho”, pero lo cambió por Akenatón, que significa “El horizonte de Atón”. Cuando Akenatón llegó al poder, en el año 1353 a.C., las leyes, la fe y los mandamientos eran dictados mayoritariamente por los sacerdotes, quienes habían acumulado los mayores privilegios, es decir, el control del gobierno por encima del propio faraón. Todo giraba en torno a la religión del dios solar Amón-Ra y el resto del panteón olímpico. Akenatón, junto a su esposa Nefertiti, decidió desafiar todo el sistema religioso y legal del antiguo Egipto. Su idea revolucionaria consistía en sustituir el culto a los dioses de Amón-Ra -Amón era considerado el dios supremo y padre de los dioses en el panteón egipcio, equivalente a Zeus. De hecho, Zeus o Júpiter eran conocidos como Zeus Amón o Júpiter Amón- por el de un único dios solar llamado Atón -la palabra “Atón” significa “disco”, refiriéndose literalmente al disco solar-. Él, Akenatón, se presentaba como el verdadero faraón, el dios viviente, y por tanto capaz de cambiarlo todo: la religión, la política y el arte. Y así lo hizo. Desde entonces sería conocido como “el horizonte de Atón”, es decir, el único con contacto directo con el dios Sol -de esta manera, el faraón recuperaba el poder como soberano, por encima de los sacerdotes de Amón, que habían llegado a ostentar tanto o incluso más poder que él-. Los dos mil dioses con forma animal o humana fueron sustituidos por uno solo, abstracto: el Sol, aquel que iluminaba con sus rayos al faraón. Akenatón también abandonó la ciudad sagrada de Tebas -el corazón de la nación- en busca de una nueva ciudad prometida, situada al norte del Nilo. Para los sacerdotes tradicionales, que habían dedicado toda su vida al culto de los antiguos dioses, la creciente pérdida de poder en materia de leyes y fe convertía a Akenatón en el faraón que arrastraría a Egipto hacia la desgracia. El nuevo soberano y su esposa habían creado enemigos poderosos.

En el quinto año de su reinado, Akenatón otorgó a su esposa Nefertiti el título de Gran Esposa Real y la igualdad de poderes. Así, juntos viajaron unos 320 kilómetros hasta llegar a la ciudad que hoy conocemos como Tel Amarna. Según Akenatón, el dios Atón le dijo: “Construid aquí”, mediante una señal, presumiblemente una puesta de sol. Miles de personas se trasladaron desde la antigua ciudad de Tebas hasta Amarna para construir, decorar y dirigir la nueva capital del reino. Se excavaron pozos, se plantaron árboles y jardines, y de esta manera la ciudad sagrada de Amarna floreció. También se construyeron casas y palacios bellamente decorados, tal y como se hizo con los templos dedicados al dios único Atón. La visión de Akenatón y Nefertiti se hizo realidad, cuando apenas parecía una utopía. Este dios solar, llamado Atón, era representado en forma de disco solar con rayos que se extendían como brazos y manos invisibles que daban vida y prosperidad. Un Dios Sol basado en el amor y la ternura. Un dios de bondad y generosidad infinitas, que vivificaba la justicia y el orden cósmico, una luz que beneficiaba a todas las razas por igual. El soberano de pueblos -el faraón- era su enviado y su profeta en la Tierra, el único digno de la inmortalidad. Atón era ese único Dios -Ra- que había terminado por ser eclipsado por otras luminarias y hombres-dios. Estos cambios religiosos también se reflejaron en la arquitectura. Tradicionalmente, los templos dedicados al dios Amón-Ra, o los cultos solares, se desarrollaban en espacios cerrados, donde la luz accedía solo ocasionalmente o de forma muy limitada. Pero durante el reinado de Akenatón, el culto a Atón trajo consigo santuarios al aire libre, en lugar de los espacios cerrados tradicionales. Y esto es interesante de entender, pues el culto a Amón-Ra se centraba en lo oculto y lo oscuro, mientras que para los seguidores de Atón, lo que regía su culto era la luz revelada. En los primeros nueve años del reinado de Akenatón, Atón fue identificado con Ra-Horajti: “Aquel que se regocija en el horizonte”. Ra representaba la esencia del disco solar, con la cual se fusionaría el faraón del momento.

Lo que parecía una realidad digna de regocijo terminó pronto, cuando una peste asoló las tierras: una epidemia que probablemente acabó con el 40 % de la población; entre las víctimas se conoció la muerte de varias hijas del faraón. Este fue considerado responsable de la tragedia, ya que, según los sacerdotes, había ofendido a los dioses que antes tanto los habían protegido. Trece años después de la fundación de Amarna, Akenatón murió. Tras su muerte, hubo un breve reinado de un tal Semenejkara, quien en realidad podría haber sido Nefertiti masculinizada como mujer-faraón. Sin embargo, pronto fue sucedido por Tutanjatón, el hijo de Nefertiti y Akenatón. Nadie sabe qué sucedió con la reina; toda información se perdió, aunque algunos dicen que siguió actuando en la sombra, junto a su hijo y la nueva reina, la tercera hija de Akenatón: Anjesenpaatón. En cualquier caso, hacia el 1331 a. C., el nuevo faraón renegó del culto monoteísta de su padre, haciéndose llamar Tutankamón y restaurando el culto a Amón-Ra. La familia real abandonó Amarna y restituyó el poder del sacerdocio en la capital, Tebas. Los sacerdotes volvieron más poderosos que nunca; ningún faraón volvió a desafiar las leyes ni la fe. El culto de Atón fue intensamente borrado del mapa por la intervención destructiva de los faraones posteriores. Nadie volvería a hablar de Akenatón ni del culto a Atón. Solo sería recordado por haber sido el padre del gran faraón Tutankamón. Los egipcios retornaron al culto de Amón junto a todos sus dioses.

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